Ensayo

Cultivar el tacto

Una educación para componer mundos entre materiales, modelos y mentes

Matías Barreto agosto de 2026 36 min de lectura

Obertura

Imaginemos a alguien frente al vidrio caliente, por primera vez.

Recién salido del horno, el vidrio es peligro y promesa. Si se lo toca como se toca cualquier otra cosa, quema, se rompe o cae. Hace falta aprender un movimiento diferente: una manera de acompañar su viscosidad, reconocer su tiempo de enfriamiento y percibir el instante preciso en que todavía cede y aquel, apenas posterior, en que comienza a quebrarse.

Con los años, el cuerpo del soplador se vuelve bailarín. No porque haya decidido bailar, sino porque el vidrio lo obligó a encontrar determinados movimientos si quería que la pieza sobreviviera. Su destreza no consiste simplemente en imponer una forma. Consiste en percibir una relación mientras está ocurriendo.

Hay carniceros que desarrollan un tacto semejante con la carne. Encuentran los intersticios entre articulaciones y dejan que el filo avance sin forzar una estructura que ya estaba allí. Y hay directores de orquesta que lo ejercen sobre algo menos directamente tangible: muchas inteligencias, sensibilidades y temporalidades sonando a la vez. Escuchan el violín y el corno, la respiración de quienes ejecutan y la arquitectura completa de una pieza. Dan entrada a tiempos diferentes para que compongan, durante unos minutos, una escena que antes no existía.

Podemos llamar tacto a esta forma de atención educada por una relación. No es solamente sensibilidad corporal ni una intuición inexplicable. Es la capacidad de percibir cuándo algo cede, cuándo resiste, qué posibilidades ofrece y qué modificaciones exige de quien intenta actuar con ello.

Las tres escenas hablan de vidrio, carne y música, pero permiten formular un problema más amplio: ¿qué clase de tacto necesitamos para relacionarnos con los materiales técnicos de nuestro tiempo?

La pregunta importa porque esos materiales ya no siempre avisan. El vidrio quema y el cuerpo retira la mano. El hueso resiste y el filo se detiene. Una orquesta pierde cohesión y el oído lo reconoce. Un modelo de lenguaje, en cambio, puede producir una afirmación falsa con la misma fluidez con la que produce una verdadera. La superficie no cambia. No hay dolor, ruido ni fricción que anuncie con claridad que algo acaba de salir mal.

Cada material exige una forma de presencia. Así como el vidrio educa el cuerpo del soplador y la orquesta educa la escucha del director, los sistemas técnicos exigen aprender otra forma de atención: un tacto cultivado para percibir aquello que la fluidez de la interfaz vuelve difícil de sentir.

I XI

La resistencia que ya no se siente

También el soplador y el carnicero trabajan dentro de ensamblajes. Alrededor del vidrio hay hornos, herramientas, aire, energía, tradiciones y formas de organización del trabajo. Alrededor de la carne hay cuerpos, cuchillos, saberes anatómicos, cadenas de producción y normas sanitarias. Ningún material existe aislado.

La diferencia es que, en esos oficios, una parte decisiva de la resistencia todavía se presenta de manera próxima. Puede sentirse en el cuerpo, el filo o el movimiento. En los sistemas de inteligencia artificial, en cambio, la resistencia suele encontrarse distribuida, diferida y oculta.

Quien trabaja con un modelo no tiene delante una única sustancia. Se relaciona con datos, arquitecturas, procesos de entrenamiento, interfaces, infraestructuras energéticas, decisiones empresariales, políticas institucionales, lenguajes y cuerpos afectados por sus resultados. Algunas de esas capas pueden inspeccionarse; otras permanecen dentro de sistemas propietarios. Algunas responden en el momento; otras producen consecuencias meses después y lejos del lugar donde comenzó la interacción.

Por eso ya no alcanza con el tacto profundo sobre un único material. Hace falta un tacto ampliado: una sensibilidad capaz de atravesar diferentes capas y escalas sin confundirlas y sin suponer que una sola disciplina puede explicarlas por completo.

Esta capacidad de desplazarse lateralmente entre dominios puede llamarse amplitud. No significa saberlo todo. El tecnólogo humanista no es un especialista absoluto en programación, filosofía, pedagogía, geopolítica, diseño e infraestructura al mismo tiempo. Es alguien capaz de reconocer qué clase de problema tiene delante, qué conocimiento necesita, quién puede aportarlo y cómo componer esos saberes sin borrar sus diferencias.

El director de orquesta vuelve a ser aquí una figura útil. No sustituye a quienes ejecutan los instrumentos: instituye el tiempo común en el que sus diferencias pueden encontrarse. Con el primer gesto pone en marcha el reloj de la orquesta; después lo acelera, lo demora, lo suspende. Pero no gobierna ese tiempo en soledad. Su gesto sólo se vuelve música porque otras personas lo leen, responden y lo transforman. Más que imponer una unidad, compone las condiciones para que ritmos distintos puedan actuar juntos.

II XI

Cuando el objeto deja de corregirnos

La falta de contacto con las resistencias concretas de un sistema produce una escena cada vez más habitual. Alguien habla sobre inteligencia artificial con gran elocuencia, acumula referencias, nombra actores y formula metáforas, pero nunca se acerca al funcionamiento del objeto sobre el que teoriza. No examina un conjunto de datos, no prueba sistemáticamente un modelo, no observa cómo varía una respuesta ni sigue la cadena técnica que permite que una interfaz parezca inmediata.

El problema no es que sólo pueda hablar de tecnología quien programa. Esa pretensión sería una nueva forma de elitismo. Un fenómeno sociotécnico tiene muchas zonas de contacto: código, usos, cuerpos, instituciones, economías, imaginarios, territorios. Cada práctica puede tocar una capa diferente.

El problema comienza cuando una de esas capas pretende explicar el sistema entero.

Una teoría puede separarse tanto de su objeto que el objeto deja de ofrecerle resistencia. La argumentación continúa, brillante y autónoma, alrededor de una silueta que puede adoptar cualquier forma porque ya no necesita responder ante ninguna evidencia. A esa separación podemos llamarla el olvido del referente.

No consiste simplemente en equivocarse. Consiste en perder la posibilidad de que el objeto nos corrija.

El olvido también puede producirse desde el interior de la técnica. Alguien puede conocer una arquitectura y, sin embargo, ignorar qué cuerpos sostienen su infraestructura, qué relaciones laborales producen sus datos o qué instituciones determinan sus usos. El dominio de una capa no garantiza la comprensión del ensamblaje.

Por eso el tacto ampliado no establece una superioridad de los tecnólogos sobre los humanistas ni de la práctica sobre la teoría. Exige circulación: acercar las formulaciones al objeto y permitir que cada contacto altere lo que creíamos saber.

III XI

Los verbos necesitan materia

Hay otra forma de olvidar el referente: convertir las condiciones de una acción en una lista de virtudes personales.

Innovar. Arriesgar. Emprender. Comunicar. Informar. Diseñar.

En buena parte del discurso contemporáneo, estos verbos aparecen como capacidades que cualquiera podría activar mediante una decisión de voluntad. Pero un verbo no se convierte en acción por haber sido pronunciado. Necesita una materia y unas condiciones: tiempo, recursos, conocimientos, posiciones institucionales, redes, interlocutores y posibilidades reales de intervención.

Cuando esas condiciones se articulan, el verbo deja de ser una exhortación y se transforma en un vector de acción. No señala solamente qué hacer, sino desde dónde, con quién, sobre qué material y dentro de qué campo de posibilidades puede hacerse.

Informar, por ejemplo, no consiste únicamente en transmitir un contenido previamente terminado. Informar es dar forma: seleccionar, ordenar y volver perceptible algo antes de que llegue a otra persona. Toda información configura un campo de atención.

Diseñar tampoco es imponer unilateralmente una forma sobre una materia dócil. Es organizar una relación con elementos cuyas respuestas nunca pueden controlarse por completo. Diseñar una interfaz es distribuir visibilidades y recorridos. Diseñar un modelo es configurar capacidades y límites. Diseñar una formación es crear condiciones para que otras personas puedan producir algo que quien diseña no conoce de antemano.

Informar y diseñar son, por eso, verbos políticos. Modifican las condiciones desde las cuales algo puede percibirse, pensarse o hacerse.

IV XI

Dar duración a lo posible

La figura del artista tecnológico se aproxima mucho a este tacto ampliado. Trabaja con materiales, imágenes, códigos, dispositivos y sistemas; puede conocer sus resistencias y, al mismo tiempo, preguntar qué formas de vida anuncian o impiden.

El arte posee una capacidad decisiva: vuelve sensible algo que todavía no tenía forma pública. Abre mundos posibles, desvía una tecnología de sus usos previstos y permite experimentar relaciones que un sistema técnico o una institución todavía no saben alojar.

El límite no pertenece al arte por naturaleza, y conviene no convertirlo en una regla. Hay artistas que fundan carreras universitarias, dirigen institutos culturales, construyen organizaciones o participan en el diseño de políticas públicas. La potencia de figurar y la capacidad de instituir no son incompatibles. Cuando se reúnen en una misma persona o en un mismo proyecto, algo imaginado puede adquirir duración y convertirse en una condición compartida.

Conviene, entonces, no pensar al artista y a la institución como dos figuras necesariamente separadas. Se trata, más bien, de dos operaciones diferentes: figurar un mundo que todavía no existe e instituir las condiciones para que otros puedan habitarlo. A veces ambas operaciones son realizadas por la misma persona. A veces requieren saberes, actores y tiempos distintos.

El riesgo no es que el arte esté condenado a permanecer en el terreno de lo imaginado. Es que la potencia de abrir mundos posibles no siempre encuentra los recursos, la continuidad o el tiempo institucional necesarios para darles duración. Cuando eso ocurre, el mundo posible queda disponible pero suspendido —en la obra, en la muestra, en el gesto—, sin encontrar todavía el camino hacia una currícula, una política o una infraestructura.

Pero existe también el riesgo inverso: que, al volverse institución, aquello que abría una posibilidad se endurezca, se normalice o pierda la fuerza que lo hacía transformador. Instituir no consiste solamente en volver durable una forma. También exige construir condiciones para que esa forma permanezca abierta a la revisión, el conflicto y la transformación.

La tarea no consiste, entonces, en abandonar la potencia imaginativa del arte en favor de una supuesta eficacia técnica, ni en esperar que todo artista se convierta además en gestor. Consiste en aprender a traducir imaginación en institución sin clausurar aquello que la imaginación había abierto. A veces esa traducción la realiza la misma persona que imaginó. A veces hace falta que se sume otra. En ambos casos, instituir significa hacer que algo pueda durar sin impedir que continúe cambiando.

V XI

Pensar ocurre en el roce

Todo esto requiere revisar una idea profundamente instalada: que pensar consiste, ante todo, en manipular símbolos dentro de una mente separada del mundo.

Que la sal sea salada no es solamente una posición en un mapa de significados. Es un acontecimiento: una lengua, un cuerpo, una reacción, una memoria de otras veces en que algo semejante fue probado. El nombre llega a una experiencia que ya comenzó.

El pensamiento sucede en ese roce. Se compone entre cuerpos, materiales, conversaciones, documentos, herramientas, errores, técnicas y ambientes. No termina en el cráneo ni se reduce al lenguaje, aunque el lenguaje participe decisivamente en él.

Podemos recuperar aquí el concepto de actema. Un actema no es una acción aislada ni una cosa. Es una configuración provisoria de cuerpos, materiales, técnicas, tiempos y lenguajes que vuelve actual una potencia y modifica un campo de acción. El soplador frente al vidrio, la orquesta durante una interpretación o una persona investigando con un modelo forman, durante un tiempo, actemas diferentes.

Actema

Nombra situaciones que no llegan a ser obra, objeto ni acción.

Aquí funciona como unidad de relación en acto: sirve para seguir el momento en que una configuración toma forma, no para describir una cosa.

Ningún componente explica por sí solo lo que ocurre. La acción emerge de la relación.

Esta perspectiva permite precisar la participación de la inteligencia artificial sin convertirla en persona ni reducirla a una herramienta pasiva. Un modelo no es un sujeto de experiencia: no siente la sal, no conoce el cansancio, no delibera fines ni responde moralmente por sus consecuencias.

Pero puede participar funcionalmente en un sistema cognitivo distribuido1. Conserva patrones, propone asociaciones, interrumpe un recorrido, mantiene alternativas disponibles y devuelve configuraciones que no estaban presentes de la misma manera antes de la interacción. En una escritura o una investigación, esa participación se vuelve concreta: una hipótesis encuentra una variación, una pregunta recibe una formulación inesperada, una relación hasta entonces lateral se vuelve visible.

En ese sentido preciso puede hablarse de una mente paralela2. No de otra conciencia equivalente a la humana, sino de un sistema que opera junto al pensamiento, lo altera y lo obliga a negociar con una materia fabricada. La cognición se distribuye en esa relación; la responsabilidad no. Que un sistema participe en una decisión no significa que pueda responder por sus fines, sus efectos o aquello que deja afuera.

VI XI

Una materia fabricada

El vidrio, la carne, un instrumento, un cuerpo cansado, una biblioteca y un modelo entrenado pueden pensarse como materiales partenaires. No son soportes silenciosos sobre los cuales una intención soberana proyecta su forma. Poseen ritmos, memorias, resistencias y posibilidades que modifican el proceso.

Material partenaire

Fija una asimetría que conviene no perder: el material participa, orienta y resiste. No delibera, no elige fines ni responde moralmente por lo que ocurre.

Llamarlo partenaire no le atribuye voluntad. Nombra que actuar con él exige percibir lo que hace posible y aquello hacia lo que orienta.

Llamarlos partenaires no significa atribuirles voluntad3. Significa reconocer que actuar con ellos exige percibir lo que hacen posible, lo que dificultan y aquello hacia lo que orientan. Pero ¿qué clase de material puede ser un modelo?

Imaginemos un diccionario al que le borraron todas las definiciones. En lugar de explicar qué significa cada palabra, conserva la memoria de sus encuentros: con qué otras apareció, dentro de qué frases, en qué relatos, a qué distancia de unas expresiones y cerca de cuáles otras. Después de recorrer millones de textos, esos encuentros forman una ciudad invisible.

Al entrar una frase, la ciudad no permanece quieta. Cada una de las capas del modelo vuelve a calcular la posición de sus fragmentos según las palabras que los rodean. «Banco» ocupa un barrio cuando aparece junto a dinero, préstamos y cuentas; se desplaza hacia otro cuando lo acompañan un río, árboles y una tarde de pesca. El contexto acerca unas relaciones, aleja otras y vuelve ciertos caminos más transitables.4

Se lo llama modelo de lenguaje porque modeliza algunas regularidades del lenguaje registrado. No contiene la lengua completa y mucho menos el mundo. Contiene una geografía parcial de las huellas que ciertos textos dejaron en ella. Puede reconocer caminos entre palabras, pero no vivió aquello de lo que esas palabras hablan.

Además, esta ciudad no fue encontrada: fue fabricada. Bajo sus calles hay millones o miles de millones de parámetros, pequeños ajustes numéricos producidos durante el entrenamiento. La selección del corpus, la manera de dividir el texto, la arquitectura, los objetivos de aprendizaje, las evaluaciones, los filtros y las correcciones humanas intervienen en la construcción de ese territorio. También lo hacen los procesadores, la energía, el trabajo y las instituciones capaces de sostenerlo.

El modelo es, por eso, una materia fabricada: una materia cuyo comportamiento procede de decisiones técnicas, económicas y políticas acumuladas, aunque no posea una interioridad capaz de reconocerlas. Sus posibilidades no son inocentes, pero tampoco son intenciones propias.

Cuando afirmamos que un modelo «impone una gramática» no decimos que haya resuelto hacerlo. Señalamos que vuelve algunas continuidades más disponibles que otras. Ciertos recorridos aparecen como avenidas; otros sobreviven como senderos apenas visibles; algunos ni siquiera forman parte del mapa. El modelo coopera y orienta al mismo tiempo.

Aquí el tacto encuentra una dificultad nueva. El vidrio comunica su temperatura, el cuerpo cansado altera el movimiento y un instrumento desafinado devuelve una resistencia audible. En un modelo, en cambio, la resistencia se encuentra distribuida entre datos, parámetros, filtros, interfaces y decisiones institucionales. Puede manifestarse como una sugerencia repetida, una omisión persistente, una asociación automática, una negativa o una respuesta que adopta con demasiada facilidad la forma de aquello que esperábamos encontrar.

Tener tacto con un modelo puede exigir abrir la caja: estudiar su arquitectura, sus evaluaciones, su documentación y, cuando sea posible, la procedencia de sus datos. No hace falta que toda persona pueda reconstruir sus ecuaciones, pero sí que comprenda lo suficiente para dejar de tratar la interfaz como una aparición sin historia.

Muchas cajas, sin embargo, permanecen cerradas. Entonces el tacto debe producir resistencias indirectas: cambiar el contexto, construir contraejemplos, comparar modelos, alternar lenguas, registrar variaciones y rastrear las fuentes que puedan sostener una respuesta. El tacto ampliado no es una intuición privada ni una sospecha permanente. Es una sensibilidad que aprende a verificar.

En la generación de imágenes, algunas ausencias pueden volverse visibles con rapidez. Basta solicitar determinadas profesiones, cuerpos o situaciones sociales para observar qué figuras aparecen espontáneamente, cuáles ocupan posiciones de autoridad y cuáles parecen necesitar una instrucción adicional para existir. En el lenguaje, las marcas suelen ser menos evidentes: se encuentran en las voces que el sistema considera autorizadas, en aquello que presenta como normal, en los relatos que completa sin esfuerzo y en las experiencias para las que parece no encontrar palabras.

Una respuesta aislada sólo ofrece un indicio. La lectura comienza a adquirir rigor cuando esas apariciones se repiten, se comparan y se ponen en relación con la composición del corpus y las condiciones de producción del modelo. El resto no siempre se muestra directamente: muchas veces debe inferirse a partir de una asimetría.

Todo corpus es, antes que una representación del mundo, un archivo de supervivientes. Para formar parte de él, una experiencia tuvo que ser registrada, conservada, digitalizada, publicada, encontrada y finalmente recolectada. Lo que no atravesó alguno de esos umbrales no aparece como una ausencia señalada: simplemente no cuenta. Cuando se entrena sobre un corpus cultural, el modelo no computa el mundo. Computa las huellas que sobrevivieron lo suficiente para convertirse en datos.

Esas huellas conservan algunas memorias y pierden otras. Vuelven legibles ciertas diferencias y relegan las demás al ruido. Hacen probables algunas continuidades y disminuyen las posibilidades de otras. El resto no está formado solamente por los datos descartados: también lo integran las experiencias que nunca fueron registradas, las lenguas escasamente digitalizadas, las alternativas que perdieron probabilidad y las memorias humanas incorporadas sin que el modelo pueda reconocer su procedencia.

Recuperemos aquí una palabra formulada para otros materiales: restología. Leer esos restos es tocar un sistema por su negativo, por aquello que tuvo que callar para poder hablar. Cuando esa lectura se dirige a corpus, datasets, modelos y sistemas entrenados, podemos llamarla restología sintética. Su pregunta no es solamente qué aprendió el modelo, sino qué nunca tuvo la posibilidad de volverse aprendible.

Restología sintética

Leer un sistema por su negativo: por aquello que tuvo que quedar afuera para que pudiera funcionar.

Sintética nombra la extensión de esa lectura a corpus, datasets y modelos entrenados. La pregunta cambia: ya no qué aprendió un sistema, sino qué nunca tuvo la posibilidad de volverse aprendible.

Formar este tacto no significa convertir a cada estudiante en especialista en aprendizaje automático. Significa enseñarle a desplazarse entre niveles: desde la frase fluida hasta el espacio vectorial; desde la interfaz hasta el corpus; desde el resultado hasta las condiciones materiales e institucionales que lo hicieron posible. Aprender a utilizar un modelo es aprender a recorrer sus caminos. Cultivar el tacto es aprender a percibir, en aquello que dice con facilidad, la estructura que hizo posible esa facilidad y el mundo que tuvo que permanecer afuera.

VII XI

La técnica que se vuelve ambiente

Una herramienta puede quedar sobre una mesa. Conserva un borde, un peso, una distancia respecto del cuerpo que la utiliza. Un ambiente funciona de otra manera: continúa organizando la escena aun cuando dejamos de prestarle atención. Se parece menos al martillo que sostenemos que a la luz de una habitación: no la miramos constantemente, pero determina qué podemos ver y cómo nos movemos.

La técnica nunca fue solamente dura. La escritura, los relojes, la arquitectura y las normas también organizaron la existencia como ambientes. Los sistemas digitales, sin embargo, intensificaron esa condición: la técnica dejó de presentarse únicamente como un objeto al que acudimos y comenzó a rodear, anticipar e interrumpir nuestras acciones.

Está en las notificaciones que administran pequeñas urgencias, en los sistemas embebidos que regulan una casa sin hacerse notar, en el teléfono que completa una frase antes de que terminemos de pensarla.

Quien navega durante mucho tiempo el mismo mar deja de escuchar el motor de su embarcación. No se apaga: continúa marcando, con sus cambios de régimen, cada aceleración y cada maniobra. El oído deja de recibirlo como sonido y lo incorpora como una vibración de fondo, algo que ya no vuelve a nombrarse. Sólo cuando el ritmo se altera —un golpe, una vacilación, un silencio donde antes había continuidad— el motor vuelve a existir para la escucha.

El ambiente técnico funciona de un modo semejante: no desaparece; se incorpora tan completamente a la vida que sólo el fallo devuelve, por un instante, la posibilidad de percibirlo. Cultivar el tacto consiste en no depender por completo de ese fallo: aprender a escuchar las condiciones que sostienen una operación antes de que su alteración obligue a advertirlas.

Llamemos ambiente técnico a esta condición: un sistema que ya no aparece solamente frente a nosotros, sino alrededor y entre nosotros; que interviene en la conversación, la memoria, la atención y el deseo sin exigir que decidamos nuevamente, en cada ocasión, utilizarlo.

La técnica también se vuelve suave. Suavidad no significa debilidad ni ausencia de materia. Nombra la reducción deliberada de las fricciones que separan una intención de su ejecución. Tocar, deslizar, hablar: cuanto menos necesita saber una persona acerca del mecanismo, más natural parece el resultado.

Una interfaz suave se parece, en este sentido, a un verso cuidadosamente construido. Después de muchas decisiones, cortes y correcciones, la frase puede parecer inevitable, como si siempre hubiera existido de esa manera. El arte y el diseño conocen bien esa potencia: hacer que una forma compleja se vuelva hospitalaria, que alguien pueda entrar en ella sin atravesar primero un manual.

Esa suavidad constituye una conquista. Permite que personas sin formación técnica puedan escribir, traducir, orientarse, producir imágenes, comunicarse o utilizar sistemas antes reservados a especialistas. Reduce barreras de entrada y amplía capacidades. El problema no comienza cuando una tecnología se vuelve accesible, sino cuando la facilidad de uso se confunde con la transparencia del sistema.

Porque una puerta puede abrirse con suavidad y, al mismo tiempo, no permitirnos ver quién construyó la casa. La interfaz facilita el acceso a la función, pero puede blindar el acceso a su construcción. Sabemos realizar una operación sin poder comprenderla, modificarla ni decidir bajo qué condiciones debería ejecutarse. Entramos como usuarios, pero no necesariamente como constructores.

Un sistema de reconocimiento de voz puede condensarse en el dibujo de un micrófono. Hablamos y las palabras aparecen escritas. La operación parece ocurrir entre nuestra boca y la pantalla. Sin embargo, detrás de ese gesto existen grabaciones, tareas de transcripción y clasificación, decisiones sobre lenguas y acentos, arquitecturas de aprendizaje, procesadores, energía, centros de datos y años de desarrollo. Toda una historia industrial desaparece dentro de un ícono.

Lo mismo ocurre cuando una voz sintetizada responde desde un objeto doméstico. La voz parece habitar el aparato, pero procede de un ensamblaje distribuido entre modelos, servidores, redes, diseñadores, actores, corpus lingüísticos y políticas corporativas. La antropomorfización concentra ese ensamblaje en un personaje. Allí donde existe una infraestructura, percibimos una presencia; allí donde intervinieron muchas decisiones, escuchamos una sola voz.

La inteligencia artificial no desmaterializa la creación5. Desplaza sus materias y vuelve opacas muchas de ellas. Lo que antes estaba cerca del gesto creador reaparece lejos de la escena: en minerales extraídos, energía consumida, imágenes recolectadas, textos de entrenamiento, trabajos de etiquetado, sistemas logísticos y cuerpos humanos que mantienen la continuidad del servicio.

La palabra digital conserva una pista. Proviene del latín digitalis, relativo a los dedos6. Tacto procede de tactus: no comparten una misma raíz, pero conservan una memoria corporal próxima. Antes de nombrar bits, pantallas y sistemas, lo digital nombraba aquello que pertenecía a los dedos.

La computación nunca dejó de tener dedos adentro.

Están los dedos que extraen, ensamblan, escriben, registran, etiquetan, programan y mantienen. También están los que deslizan una pantalla cuya superficie lisa hace olvidar la dureza de la infraestructura que responde detrás. La técnica puede ser blanda en su interfaz y dura en sus condiciones de existencia.

El problema, por lo tanto, no es la suavidad. Es la naturalización del ambiente que esa suavidad puede producir. Cuando una mediación deja de percibirse como algo diseñado, sus decisiones comienzan a confundirse con el orden espontáneo de las cosas. La recomendación parece preferencia7; la interrupción, urgencia; la clasificación, evidencia; la continuidad más probable, sentido común.

Entonces el ambiente técnico comienza a educarnos sin presentarse como una pedagogía. Organiza la atención y las disposiciones del cuerpo, modifica nuestras relaciones, interviene en aquello que consideramos verdadero, orienta lo que podemos crear, distribuye capacidades de decisión y establece dependencias de las que puede resultar difícil salir. No está simplemente alrededor de la vida: participa en la formación de una manera de estar en el mundo.

Cuando una operación parece inmediata, la selección que la hizo posible empieza a parecer natural. Cuando un sistema responde sin mostrar sus condiciones, su voz parece no venir de ninguna parte: deja de escucharse como un enunciado que podría ser interrogado y comienza a sentirse como una propiedad del ambiente.

Cultivar el tacto no exige devolver aspereza a todas las interfaces ni convertir cada uso en una prueba técnica. Exige aprender a atravesar su suavidad: aprovechar la accesibilidad sin confundirla con transparencia, habitar el ambiente sin olvidar que fue diseñado y utilizar sus capacidades sin renunciar a comprenderlas, modificarlas o decidir cuándo no deberían intervenir.

VIII XI

La fluidez no verifica el mundo

Un modelo de lenguaje puede producir enunciados verdaderos y realizar operaciones complejas. Sería incorrecto describirlo como una máquina que sólo repite mecánicamente lo que alguien programó instrucción por instrucción.

Durante el preentrenamiento, un modelo aprende regularidades mediante la predicción de unidades de lenguaje dentro de grandes cantidades de datos. Los sistemas que utilizamos después pueden incorporar otras capas: ajustes, evaluaciones, herramientas, búsquedas, recuperación de documentos y políticas de comportamiento.

Por eso no es preciso reducir toda inteligencia artificial a un mecanismo de autocompletado. Pero tampoco es preciso confundir la coherencia de una respuesta con su relación efectiva con el mundo.

La fluidez y la verdad se entrenan de maneras diferentes.

Un modelo puede generar una afirmación verdadera, pero su fluidez no constituye una prueba de verdad. Puede ofrecer una respuesta falsa con el mismo tono, la misma sintaxis y la misma seguridad.

El tacto empieza ahí, en el momento de notar esa indistinción. Y se vuelve método cuando aprende a hacer algo con ella: volver a preguntar de otro modo, seguir una afirmación hasta la fuente que podría sostenerla, cambiar el contexto para observar qué permanece y qué se deshace, reconocer cuándo la seguridad está solamente en el tono y cuándo una respuesta puede responder ante la evidencia.

Pero el tacto no sólo necesita dirigirse hacia el sistema. También debe volverse sobre quien lo utiliza.

Nadie entra en una conversación con la mente vacía. Llegamos con expectativas, relatos anteriores y maneras aprendidas de ordenar el mundo. Creemos con mayor facilidad aquello que confirma lo que ya pensábamos8; confundimos lo reciente con lo importante; recordamos los casos que llegaron a hacerse visibles y olvidamos todos aquellos que desaparecieron antes de poder ser contados. Cuando miramos hacia atrás, reordenamos los acontecimientos como si su desenlace hubiera sido siempre previsible. Y basta con cambiar el marco de una pregunta para que algunas respuestas parezcan naturales y otras apenas puedan imaginarse.

Estos atajos no nacieron con la inteligencia artificial. Son viejos, humanos y, en buena medida, inevitables. El problema es que un sistema capaz de producir relatos fluidos, inmediatos y adaptados a cada pregunta les ofrece un ambiente especialmente fértil. Si una respuesta contradice lo que esperamos, podemos pedir otra. Si confirma nuestras creencias, su coherencia puede parecernos una prueba. La disponibilidad casi infinita de reformulaciones permite seguir preguntando hasta encontrar una versión del mundo en la que ya estábamos dispuestos a creer.

Cultivar el tacto implica, por eso, entrenar la metacognición: aprender a leer la propia lectura. Advertir cuándo aceptamos una afirmación porque pudo sostenerse ante la evidencia y cuándo la aceptamos porque confirma lo que pensábamos, porque acaba de ocurrir, porque está bien narrada o porque la forma de la pregunta ya había preparado la respuesta.

El tacto también es una educación en los relatos: reconocer cómo se construye una causalidad, qué queda fuera de cuadro, desde qué posición se organiza una escena y qué clase de autoridad adopta una voz.

Aquí conviene recuperar algo que el cine permite comprender con especial claridad. Una película no necesita mostrar un narrador para enunciar. La disposición de sus imágenes, sus sonidos, sus encuadres y sus cortes produce una posición desde la cual algo se vuelve visible, sin que ningún “yo” tenga que firmar esa mirada. La película enuncia a través de la organización de sus materiales, pero lo hace como si nadie hablara. En la teoría del cine, esa forma de organización recibió un nombre preciso: enunciación impersonal9.

Los modelos de lenguaje radicalizan esa escena. A diferencia de una película, su discurso no está fijado de antemano: responde, se modifica con la pregunta y parece dirigirse exclusivamente a quien lo consulta. Sin embargo, cuanto más personal parece la respuesta, más difícil resulta localizar quién enuncia. No hay una persona detrás de cada frase ni una única intención que pueda recuperarse como su origen. Hablan a la vez el entrenamiento, los datos, los ajustes, la interfaz, las reglas del sistema y el modo en que fue formulada la pregunta.

Podríamos llamar enunciación impersonal sintética a este efecto: una voz que se presenta como inmediata y personal, pero cuya posición de enunciación está distribuida en un ensamblaje que no aparece en la superficie. El sistema puede responder “yo”, pero ese pronombre no remite a una biografía, una experiencia ni una responsabilidad. Es una función producida dentro del diálogo.

Enunciación impersonal sintética

Nombra el caso en que la posición de enunciación, además de impersonal, es generada: no está fijada de antemano y se reconfigura con cada pregunta.

La voz no precede al diálogo. Se produce dentro de él.

Esa ausencia de un enunciador localizable facilita una confusión decisiva. Si nadie parece estar hablando, parece que los hechos hablaran solos. La neutralidad se vuelve un efecto de estilo.

Aquí aparece una distinción necesaria. Podemos llamar tecnologías de verosimilitud a los sistemas cuya eficacia consiste en producir continuidades plausibles: relatos capaces de sostenerse dentro del lenguaje, adaptarse a un contexto y sonar como esperamos que suene una respuesta. Su operación no depende de que cada enunciado haya sido verificado, sino de que nada interrumpa la coherencia de lo que se está diciendo.

Las tecnologías de verdad funcionan de otro modo. No son máquinas que fabriquen automáticamente lo verdadero. Son prácticas, instituciones y procedimientos que obligan a un enunciado a responder ante algo exterior a sí mismo: una fuente, un documento, una prueba, un cuerpo, un acontecimiento capaz de contradecirlo. Su función no es garantizar que nunca haya errores, sino hacer posible que una afirmación sea examinada, refutada y corregida.

Un modelo de lenguaje es, en primer término, una tecnología de verosimilitud. Puede producir afirmaciones verdaderas, ayudar a buscar fuentes y participar en una investigación, pero no se convierte por eso, por sí solo, en una tecnología de verdad. Para formar parte de una debe ser incorporado a un ensamblaje de verificación en el que sus respuestas puedan ser contradichas, sus fuentes rastreadas y alguien conserve la responsabilidad por las conclusiones.

Lo verosímil necesita conservar la continuidad del relato. Lo verdadero necesita soportar aquello que viene desde afuera.

La diferencia no separa definitivamente dos clases de máquinas. Distingue dos regímenes de relación con los enunciados. El mismo modelo puede utilizarse para multiplicar relatos plausibles o integrarse en una práctica orientada hacia la verdad. Lo decisivo es qué operaciones lo rodean, qué resistencias se construyen y quién debe responder por aquello que finalmente se acepta como cierto.

Cuando una tecnología con esa capacidad de persuasión se convierte en un medio cotidiano para escribir, estudiar, recordar y deliberar, deja de ser solamente un problema técnico. Entra en la formación de la subjetividad.

IX XI

El tiempo que se compone

El director de orquesta ofrece una imagen condensada de esta condición. No elimina los tiempos singulares de quienes ejecutan para reemplazarlos por un único reloj: compone un tiempo común en el que esas diferencias pueden encontrarse. La interacción con un modelo exige un tacto semejante. Una respuesta puede llegar en segundos; la pregunta puede provenir de años de experiencia, demora, memoria y elaboración.

Por un lado está el tiempo corporal: atención que fluctúa, memoria biográfica, cansancio, espera, asociaciones que maduran sin ofrecer inmediatamente una respuesta. Por otro, el tiempo computacional: procesamiento, recuperación, generación y almacenamiento a velocidades y escalas que no pertenecen a la experiencia humana.

Los sistemas pueden disponer de contexto, registros y mecanismos de memoria, pero no poseen por ello una continuidad autobiográfica vivida. Su relación con el pasado no es la de un cuerpo que recuerda algo que le ocurrió.

Podemos llamar tiempo sincrético, todavía de manera provisoria, al tiempo compuesto durante esa interacción. No es un tiempo sintético que reemplaza al humano, sino la coexistencia de temporalidades heterogéneas que actúan juntas sin fundirse por completo.

Tiempo sincrético

Sincrético no se usa aquí en sentido religioso ni cultural. No nombra una fusión de tradiciones en una síntesis nueva.

Nombra casi lo contrario: temporalidades heterogéneas que actúan juntas sin fundirse, cada una conservando su ritmo.

Una persona puede demorarse frente a una frase generada en segundos. El sistema puede procesar en segundos documentos que condensan años de experiencias humanas. Ninguno de esos tiempos anula al otro, pero su asimetría modifica la relación.

Cultivar el tacto también significa reconocer cuándo la velocidad amplía una capacidad y cuándo impide que algo llegue a convertirse en experiencia.

X XI

Una educación del tacto

Durante mucho tiempo, una parte importante de la formación técnica enseñó a operar sistemas sin enseñar a leer todas las condiciones que los hacían posibles. Había que conseguir que algo funcionara, pero no necesariamente comprender qué materias movilizaba, qué decisiones llevaba incorporadas, qué relaciones de poder reproducía o qué mundo contribuía a construir.

La formación humanística produjo muchas veces el movimiento inverso: aprendió a interpretar los sistemas manteniéndose a distancia de su construcción. Podía leer sus discursos, criticar sus efectos e imaginar alternativas, pero no siempre tenía contacto con las operaciones concretas mediante las cuales esas tecnologías adquirían forma.

De un lado quedó el hacer sin suficiente reflexión sobre sus condiciones. Del otro, un pensamiento que corría el riesgo de perder el contacto con aquello que intentaba comprender. La separación entre la mano y el concepto formó operadores que podían no entender el mundo inscrito en los sistemas que utilizaban y críticos cuyo objeto podía dejar de ofrecerles resistencia.

Cultivar el tacto comienza por reparar esa separación.

No se trata de enseñar a adaptarse a una tecnología particular. Se trata de formar personas capaces de reconocer que toda técnica participa en la construcción de un mundo y que, por eso, pueden intervenir en las condiciones que lo organizan.

No se aprende como una materia que se aprueba ni como un protocolo que se memoriza. Se forma entrando y saliendo del sistema: construir algo y después preguntarse qué se construyó; seguir una respuesta hasta la evidencia que podría sostenerla; recorrer una interfaz hasta los datos, el trabajo, la energía y los territorios que dejó fuera de cuadro; observar cómo la propia expectativa orientó una lectura; intervenir una tecnología y responder por las consecuencias de esa intervención.

En esa formación, hacer ya es una manera de pensar y pensar debe poder modificar lo que se hace. La comprensión técnica introduce resistencias en la crítica; la lectura política introduce preguntas en la operación; la imaginación permite que el conocimiento no se limite a reproducir el sistema tal como fue recibido.

El tacto tampoco es una destreza puramente individual. Se construye entre personas con diferentes zonas de contacto. Nadie puede percibir por sí solo todas las capas de un ensamblaje, pero sí puede aprender a reconocer el límite de su saber, convocar otros conocimientos y componerlos sin fingir que son equivalentes.

Formar tecnólogos humanistas no significa agregar algunas materias humanísticas a una educación técnica ya terminada. Significa dejar de formar el hacer y el pensar como capacidades separadas. La ética no llega después del diseño, como una revisión exterior. Empieza en la elección del problema, continúa en los materiales y los datos, atraviesa la interfaz y permanece en la pregunta por quién decide, quién se beneficia y quién carga con aquello que sale mal.

El tacto se cultiva cuando un sistema deja de ser algo que simplemente sabemos operar y vuelve a convertirse en algo capaz de interrogarnos.

XI XI

Tecnólogo humanista, devenir partenario

Existen fragmentos de esta capacidad en muchos campos: ingeniería, artes, diseño, educación, ciencias sociales, gestión pública, filosofía y prácticas comunitarias. Lo que todavía falta no es una persona completamente inexistente, sino una figura suficientemente reconocible y una pedagogía capaz de formarla.

Esa figura no puede ser un nuevo héroe individual que pretende saberlo todo. Puede encarnarse en una persona, pero también en un equipo, un laboratorio o una institución. Lo decisivo es su capacidad de componer conocimientos sin reducirlos, intervenir sistemas sin confundirse con ellos y conservar la responsabilidad allí donde la cognición se distribuye.

Tecnólogo humanista puede nombrar, todavía de manera provisoria, esa figura.

Tecnólogo humanista

No quien humaniza una tecnología después de que otros la diseñaron, sino quien comprende desde el comienzo que toda tecnología es un sistema de materias, lenguajes, trabajos, intereses y consecuencias.

Puede encarnarse en una persona, pero también en un equipo, un laboratorio o una institución.

No es quien “humaniza” una tecnología después de que otros la diseñaron. Es quien comprende desde el comienzo que toda tecnología constituye un sistema de materias, lenguajes, trabajos, intereses, afectos y consecuencias. Usarla sin leer esas relaciones no es neutralidad: es una forma de inconsciencia política.

El tacto ampliado sería una de sus capacidades centrales. La amplitud, su manera de atravesar dominios. El actema, una unidad para comprender cómo se actualizan las relaciones. La restología, una atención hacia aquello que los sistemas necesitan excluir para funcionar. El material partenaire, una forma de reconocer participación sin confundirla con responsabilidad.

Si el tecnólogo humanista nombra una figura de formación e intervención, partenario nombra el devenir que esa formación busca cultivar. No una profesión nueva ni una identidad cerrada, sino un modo de habitar la porosidad entre mentes, cuerpos, materiales, técnicas e instituciones.

Partenario

No una profesión nueva ni una identidad cerrada: un modo de habitar la porosidad entre mentes, cuerpos, materiales, técnicas e instituciones.

Si tecnólogo humanista nombra una figura de formación, partenario nombra el devenir que esa formación busca cultivar.

El partenario se parece a quien trabaja una vela. Sabe que toda vela es un tejido, pero que ningún tejido termina en sí mismo. Sus hilos han sido elegidos, cosidos, reparados y tensados; sin embargo, sólo al encontrarse con el viento, las cuerdas, el mástil, el agua y una embarcación colectiva se convierten en dirección.

Quien trabaja esa vela no contempla la trama desde afuera. Habita sus tensiones: advierte cuándo una hebra se corta, cuándo otra necesita entrar, cuándo la tela recibe demasiado viento y cuándo una variación mínima puede abrir otro trayecto. No ordena al viento ni se limita a padecerlo. Compone con él.

Así actúa el partenario. Lee materiales, temporalidades, mentes, saberes e instituciones como hilos de una trama sincrética. Traduce señales entre unos y otros, comunica aquello que una parte del sistema todavía no puede decirle a otra, ensaya herramientas, imagina relaciones y crea las condiciones para que otros puedan también intervenir en la trama.

Desde ahí puede pensar y experimentar tecnologías blandas: no superficies amables que escondan sus condiciones, sino tejidos técnicos capaces de facilitar el acceso sin clausurar la comprensión; de abrir relaciones sin borrar diferencias; de ampliar capacidades sin concentrar en silencio las decisiones.

Formar partenarios es hacer posible el diseño de mundos habitables: mundos que, como una vela, no dominan las fuerzas que los atraviesan, pero aprenden a convertirlas en trayectos compartidos.

Volvamos, entonces, al soplador, al carnicero y al director.

Ninguno impone simplemente una voluntad. Ninguno se limita a obedecer. Cada uno aprende a percibir una relación mientras ocurre y a modificar su acción antes de que sea demasiado tarde.

Los sistemas técnicos de nuestro tiempo también poseen resistencias. Pero muchas ya no llegan como calor, dolor, sonido o dureza. Se esconden en una selección de datos, una continuidad probable, una interfaz amable, una decisión institucional o una infraestructura situada lejos de nuestra vista.

Cultivar el tacto es aprender a encontrar esas resistencias después de que la superficie se volvió suave.

El vidrio todavía quema. El modelo no.

Por eso necesitamos personas, prácticas e instituciones capaces de sostener relaciones partenarias. Relaciones en las que cuerpos, materiales, saberes y técnicas puedan transformarse mutuamente; en las que abrir un posible sea también instituir las condiciones para que otros lo habiten y responder por los mundos que esa apertura construye.

Glosario

Los términos que el ensayo define o retoma, reunidos.

Actema
Nombra situaciones que no llegan a ser obra, objeto ni acción. en la constelación
Ambiente técnico
Un sistema que ya no aparece frente a nosotros sino alrededor y entre nosotros, sin exigir que decidamos usarlo cada vez.
Amplitud
Desplazarse lateralmente entre dominios. No saberlo todo: reconocer qué clase de problema se tiene delante y qué conocimiento necesita.
Archivo de supervivientes
Todo corpus, antes que una representación del mundo. Lo que no atravesó los umbrales del registro no aparece como ausencia: no cuenta.
Enunciación impersonal sintética
Nombra el caso en que la posición de enunciación, además de impersonal, es generada: no está fijada de antemano y se reconfigura con cada pregunta.
Figurar · instituir
Dos operaciones: hacer sensible un mundo que todavía no existe, y construir las condiciones para que otros puedan habitarlo.
Materia fabricada
Materia cuyo comportamiento procede de decisiones técnicas, económicas y políticas acumuladas, sin interioridad capaz de reconocerlas.
Material partenaire
Fija una asimetría que conviene no perder: el material participa, orienta y resiste. No delibera, no elige fines ni responde moralmente por lo que ocurre. en la constelación
Olvido del referente
Cuando una teoría se separa tanto de su objeto que el objeto deja de poder corregirla.
Partenario
No una profesión nueva ni una identidad cerrada: un modo de habitar la porosidad entre mentes, cuerpos, materiales, técnicas e instituciones.
Restología sintética
Leer un sistema por su negativo: por aquello que tuvo que quedar afuera para que pudiera funcionar. en la constelación
Suavidad
Reducción deliberada de las fricciones que separan una intención de su ejecución. No es debilidad ni ausencia de materia.
Tacto
Atención educada por una relación. Percibir cuándo algo cede, cuándo resiste, qué ofrece y qué exige de quien actúa con ello.
Tecnologías blandas
Tejidos técnicos que facilitan el acceso sin clausurar la comprensión, abren relaciones sin borrar diferencias y amplían capacidades sin concentrar decisiones.
Tecnologías de verdad
Obligan a un enunciado a responder ante algo exterior a sí mismo. No garantizan que no haya errores: hacen posible examinarlos.
Tecnologías de verosimilitud
Producen continuidades plausibles. No dependen de que un enunciado haya sido verificado, sino de que nada interrumpa la coherencia.
Tecnólogo humanista
No quien humaniza una tecnología después de que otros la diseñaron, sino quien comprende desde el comienzo que toda tecnología es un sistema de materias, lenguajes, trabajos, intereses y consecuencias. en la constelación
Tiempo sincrético
Sincrético no se usa aquí en sentido religioso ni cultural. No nombra una fusión de tradiciones en una síntesis nueva.
Vector de acción
Un verbo con sus condiciones: desde dónde, con quién, sobre qué material y dentro de qué campo de posibilidades.

Notas

  1. La expresión tiene una tradición larga en ciencias cognitivas y estudios de la técnica. La referencia más próxima a lo que aquí se sostiene trabaja los ensamblajes cognitivos humano-técnicos (Hayles, 2024). Conviene fijar el límite: que la cognición se distribuya no distribuye la responsabilidad.
  2. La expresión coincide con el título de un ensayo sobre la inteligencia de los materiales, y la coincidencia vale la pena declararla (Tripaldi, 2023). Allí nombra materiales que se autoorganizan y recuerdan; aquí, algo más acotado: un sistema que opera junto al pensamiento sin ser sujeto de experiencia.
  3. «Vibrátil», que acompaña a esta noción en trabajos anteriores, proviene del cuerpo vibrátil (Rolnik, 2019). Por otra vía, y desde la ciencia de materiales, la inteligencia material llega a un territorio vecino (Tripaldi, 2023).
  4. Técnicamente, la dirección numérica asignada a cada fragmento se llama vector o embedding; el territorio compuesto por esas direcciones es un espacio vectorial. Sus distancias y orientaciones expresan formas aprendidas de proximidad semántica: no solamente semejanzas de significado, sino también asociaciones, usos recurrentes, diferencias y jerarquías presentes en los textos de entrenamiento. Capa tras capa, esas relaciones se transforman hasta que el modelo calcula qué fragmento podría continuar una secuencia.
  5. Las cuatro materias que enumera el párrafo —minerales, energía, trabajo de datos e infraestructura— están documentadas en Crawford (2022). Dos cartografías las vuelven visibles de un vistazo: Crawford y Joler (2018), que siguen el nacimiento, la vida y la muerte de un solo altavoz doméstico, y Estampa (2024), que mapea extracciones y agencias de las herramientas generativas y se descarga libre en castellano.
  6. Digital viene del latín digitalis, de digitus, «dedo». Tacto viene de tactus, sustantivo derivado del participio de tangere, «tocar». Son dos étimos distintos: no comparten raíz. Lo que comparten no es un origen común sino una misma zona del cuerpo.
  7. Que un sistema de recomendación no refleje un gusto sino que intervenga en su formación es el punto de partida de Arielli y Manovich (2025): los algoritmos de recomendación ya orientaban gustos y elecciones antes de cualquier IA generativa.
  8. El párrafo nombra cinco sesgos sin nombrarlos: confirmación, disponibilidad, supervivencia, retrospectivo y efecto marco (Romero, 2025). El de supervivencia ya había aparecido antes, a escala de corpus: todo corpus es un archivo de supervivientes.
  9. El término proviene de la teoría del cine: describe cómo un film enuncia desde la disposición de sus materiales, sin que ningún «yo» firme la mirada, rompiendo con el modelo literario del narrador (Metz, 1991).

Referencias

Obras citadas en las notas.

  • Arielli, Emanuele, y Manovich, Lev (2025). Estética artificial: IA generativa, arte y medios visuales. Akal.
  • Crawford, Kate (2022). Atlas de inteligencia artificial: Poder, política y costos planetarios (Francisco Díaz Klaassen, Trad.). Fondo de Cultura Económica. (Trabajo original publicado en 2021)
  • Crawford, Kate, y Joler, Vladan (2018). Anatomy of an AI system: The Amazon Echo as an anatomical map of human labor, data and planetary resources. AI Now Institute y Share Lab. anatomyof.ai
  • Estampa (2024). Cartografía de la IA generativa. tallerestampa.com
  • Hayles, N. Katherine (2024). Lo impensado: Una teoría de la cognición no consciente y los ensamblajes cognitivos humano-técnicos (Alejandra López Gabrielidis, Lourdes López Gabrielidis y Toni Navarro, Trads.). Caja Negra. (Trabajo original publicado en 2017)
  • Metz, Christian (1991). L'énonciation impersonnelle ou le site du film. Méridiens Klincksieck.
  • Rolnik, Suely (2019). Esferas de la insurrección: Apuntes para descolonizar el inconsciente (Cecilia Palmeiro, Marcia Cabrera y Damián Kraus, Trads.). Tinta Limón.
  • Romero, Ricardo (2025). El libro de los sesgos. Ediciones Godot.
  • Tripaldi, Laura (2023). Mentes paralelas: Descubrir la inteligencia de los materiales (Fernando Venturi, Trad.). Caja Negra. (Trabajo original publicado en 2020)

Fondo de diálogo

Estos libros no sostienen ninguna afirmación de este ensayo. Son las conversaciones dentro de las cuales fue escrito.

  • Benasayag, Miguel, y Pennisi, Ariel (2023). La inteligencia artificial no piensa (el cerebro tampoco). Prometeo.
  • Bennett, Jane (2022). Materia vibrante: Una ecología política de las cosas (Maximiliano Gonnet, Trad.). Caja Negra. (Trabajo original publicado en 2010)
  • Carrión, Jorge (2023). Los campos electromagnéticos: Teorías y prácticas de la escritura artificial. Caja Negra.
  • Deleuze, Gilles, y Guattari, Félix (1988). Mil mesetas: Capitalismo y esquizofrenia (José Vázquez Pérez y Umbelina Larraceleta, Trads.). Pre-Textos. (Trabajo original publicado en 1980)
  • Deleuze, Gilles, y Guattari, Félix (1993). ¿Qué es la filosofía? (Thomas Kauf, Trad.). Anagrama. (Trabajo original publicado en 1991)
  • du Sautoy, Marcus (2020). Programados para crear: Cómo está aprendiendo a escribir, pintar y pensar la inteligencia artificial (Eugenio Jesús Gómez Ayala, Trad.). Acantilado. (Trabajo original publicado en 2019)
  • Goldsmith, Kenneth (2015). Escritura no-creativa: Gestionando el lenguaje en la era digital (Alan Page, Trad.). Caja Negra. (Trabajo original publicado en 2011)
  • Harman, Graham (2015). Hacia el realismo especulativo: Ensayos y conferencias (Claudio Iglesias, Trad.). Caja Negra. (Trabajo original publicado en 2010)
  • Latour, Bruno (2008). Reensamblar lo social: Una introducción a la teoría del actor-red (Gabriel Zadunaisky, Trad.). Manantial. (Trabajo original publicado en 2005)
  • Maturana, Humberto R., y Varela, Francisco J. (1973). De máquinas y seres vivos: Autopoiesis, la organización de lo vivo. Editorial Universitaria.
  • Maturana, Humberto R., y Varela, Francisco J. (1984). El árbol del conocimiento: Las bases biológicas del entendimiento humano. Editorial Universitaria.

Cómo citar

Cita sugerida Barreto, Matías (2026). Cultivar el tacto: Una educación para componer mundos entre materiales, modelos y mentes. https://matiasbarreto.com/ensayos/cultivar-el-tacto/

Publicado el 7 de agosto de 2026 bajo CC BY-SA 4.0.